Normas comerciales internacionales

Normas comerciales internacionales y la liberalización comercial

Se ha dado por entendido que desde 1991 Colombia tiene una economía abierta, pero la evidencia empírica demuestra que el país conserva aún un modelo que sigue siendo proteccionista de acuerdo a la apreciación de estudiosos en el ámbito comercial, como lo es “Una visión general de la política comercial colombiana entre 1950 y 2012 (García López, Montes, Esguerra), quienes lanzan como conclusión que en la década de los noventa donde se resalta la posición proteccionista de algunos así: “quienes se oponían a liberar el libre comercio reemplazaron el sistema anterior rápidamente por otro más disperso, más restrictivo y más opaco”

Y es que en una economía abierta que fija  restricciones sobre el subsidio al productor trae consigo una descompensación en balanza comercial y en consecuencia de ello un escenario de competencia desleal por la diferencia importante en precios de los producto que llegan desde el exterior (subsidiados en su producción) versus los productos internos que carecen algunos de tecnicidad en su producción y subsisten apecar el escenario hostil que vive la economía. La agricultura Colombiana por ejemplo es uno de los directos perjudicados de las malas negociaciones de cara a la campaña por el libre comercio internacional que inició Colombia desde hace 25 años. Para explicar lo sensible que es el sector de la agricultura en el marco de los Acuerdos de Promoción Comercial y la apertura económica en general, es necesario primero entender cómo a través de los años el escenario de “dejar hacer dejar pasar” ha afectado positiva y negativamente dicho sector en el país. A nivel de comercio internacional la explicación del fenómeno proteccionista, en especial para el sector agrícola,  se podría narrar de la siguiente manera: en las teorías convencionales ideadas por David Ricardo en el siglo XIX, se considera que cada país produce y exporta el bien que le reporte más eficiencia en rendimiento por producción y precios, y bajo ese marco beneficios del comercio internacional se encontrarán en adquirir en el exterior los productos que representan para cada país una menor ventaja comparativa. Pero en realidad este supuesto no es tan fácil de aplicar. El resultado frente al intercambio de factores es notoriamente distinto ya que cuando dicha ventaja competitiva recae más en la producción y consumo de servicios que en productos la curva de experiencia no beneficiará positivamente la eficiencia en producción de bienes industriales y el país pierde con ello oportunidad de ganar competitividad en materia. Si fuera el caso de incremento del consumo de bienes nacionales. la producción de bienes transables en  industria y agricultura obtendrían una ganancia por su mayor productividad, y por lo tanto aprendizaje en el oficio y absorción tecnológica. Así, el comercio internacional tiene un efecto de intercambio proveniente de las importaciones y en efecto de expansión proveniente de la producción y las exportaciones. La experiencia en otro países del mundo, particularmente la asiática de finales del siglo XX muestra que el último efecto domina sobre el primero.

Colombia no ha podido salir de la primera versión propuesta por David Ricardo. Desde la mencionada apertura económica las energías de los gobiernos se han orientado a abaratar convenientemente algunos productos en las importaciones desprotegiendo abruptamente la industria local.

Según lo explica Eduardo Sarmiento en su columna al diario El Espectador, Los descalabros del TLC, “El primer paso consistió en desmontar aranceles y propiciar la revaluación, lo que condujo al colapso económico del país en 1999. El sumo se dio posteriormente con los TLC que se negociaron con reducciones mayores de aranceles por parte de Colombia y, en el caso de Estados Unidos, se aceptó el mantenimiento de los subsidios a la agricultura” lo que es una clara intervención que deja en desventaja los productores de bienes agrícolas en el país pues además de no contar con subsidios, los recursos destinados para ello se esfuman en vergonzosos episodios de corrupción. “Este escenario de desprotección al agro en los Acuerdos Regionales de Comercio llevó a quienes han gobernado el país a montar un modelo que concentra la producción en la minería y los servicios adquiriendo la mayor parte del consumo industrial y agrícola abaratado en el exterior sustituyendo en la última década la producción por las importaciones. Como si fuera poco, los últimos 4 años la economía ha estado expuesta a una fuerte contracción de demanda efectiva que se agravó por las secuelas del desplome de los precios de los commodities.

A esta altura de la reflexión, considero entonces que existen otro tipo de  contingentes arancelarios y excepciones a la liberalización y el intercambio de factores más allá de las medidas de desgravación por cuotas o cronogramas. Las políticas de libre cambio con las que actúa Estados Unidos son un claro ejemplo de esto. Está potencia en la arena internacional, torpea de frente lo acordado en La Ronda de Doha hace más de 12 años, a través de su negativa de eliminar las subvenciones a la agricultura, condición irrestricta del General Agreement of Trade and Tariffs ya que el 70% de la población de los países en desarrollo (miembros actualmente de la OMC) dependen de la agricultura directa o indirectamente. Sin embargo, y ante los ojos de la OMC, la posición de Estados Unidos sorprendió a gobiernos e internacionalistas pues a pesar del pronunciamiento del ente regulador mediante resolución al respecto de la ilegalidad de sus subvenciones (menos de 25.000 productores ricos subsidiados para producir algodón) dicha nación respondió a través de soborno a Brasil, que había presentado la reclamación para que abandonara el asunto y dejase en la estacada a millones de cultivadores pobres de algodón del África subshariana y de la India que padecen las consecuencias de unos precios muy bajos de dicha materia prima debido a la generosidad de E.E.U.U con sus cultivadores ricos.

El anterior escenario rompe de manera vertical con el principio básico en el cuál todo acuerdo comercial ha de ser simétrico. Este comportamiento podría considerarse también entonces como una deflexión del comercio, objetivo explícito preciso que tienen las reglas de origen.

 La creación de reglas preferenciales tienen el propósito entonces, otorgarle algún beneficio adicional al producto cuando se importa al país de destino siempre que estos se produzcan sin la intervención del estado. Esto claramente es el caso de los acuerdos comerciales donde los productos originarios de los países miembros entran sin pagar el arancel aplicable a ese producto o pagando un arancel reducido.

Cito a continuación el ejemplo dado por Jeremy Harris, especialista en Integración y Comercio del Banco Interamericano de Desarrollo.

El caso más conocido de la promoción o protección de alguna industria dentro de la región es la industria textil bajo el NAFTA. Las reglas que se negociaron ahí se conocen como reglas de “hilado en adelante” lo cual quiere decir que para las prendas de vestir se tiene que utilizar telas producidas en la región para que esas prendas puedan ser elegibles para las preferencias arancelarias. Luego las telas mismas tienen que haber sido producidos a partir de hilados producidos en la región. Los hilados, por su parte, generalmente permiten que se importen fibras desde esta zona. El impacto que tiene esto para la industria es entonces que  los productores de telas tienen un mercado cautivo que están incentivados por las preferencias arancelarias y las reglas de origen de comprar esas telas a los productores dentro de la región. Entonces, las reglas promueven el uso de telas e hilados producidos en la región generando un efecto promotor para esa industria.

Autor:  Juan Sebastián Quiceno Calderón

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